Historia

La interpretación histórica del Carlismo se ha visto, hasta época reciente, dominada por la beatería ditirámbica de sus parciales, la ira de sus sempiternos enemigos o el recelo transigente de quienes por ejercicio democrático han de aparentar una objetividad de la que de buena gana se despojarían; tergiversación, parcialidad en suma, que si de por sí son nefastas para alcanzar la deseada lectura neutral del más de siglo y medio de historia, alborozan razonablemente a los carlistas que en ello quieren ver la continuada vitalidad de una causa que en tantas ocasiones se dio por fenecida.

Raramente un partido político puede ofrecer un palmarés tan extenso y sin embargo, la parcialidad y el desinterés son dos males que han acompañado desde siempre a la historiografía del Carlismo.

Comprobamos, en principio, el paralelismo entre el Carlismo aragonés y el valenciano; en ambos, a diferencia del vasco-navarro, la motivación foral no se da de principio para posteriormente arraigar con fuerza; en los dos es fundamentalmente el proletariado agrícola el que nutre al voluntariado del alzamiento; las ciudades se decantan en buena parte hacia el campo liberal (los sucesos del Arrabal, en Zaragoza, el 27 de febrero de 1834, son realmente anecdóticos y, en todo caso, tan sólo indicativos de que parte del estamento popular ciudadano también era carlista); el punto inicial de la rebelión (al margen de pequeños pronunciamientos previos sin más consecuencias: Calatayud, Alcañiz, Samper de Calanda…) puede verse en la fallida proclamación de Carlos V en Morella por el desgraciado Barón de Hervés en noviembre de 1833.

Pero, quizás, lo más notable de toda esta coincidencia que anotamos sea la localización geográfica y la permanencia de la insurgencia carlista en una determinada zona compartida por ambos viejos reinos: el Maestrazgo. Tierra de secano, sin posibilidades de cambio, con industrias elementales, rudimentarias, en franca decadencia, faltas de toda perspectiva de transformación y aún menos de expansionismo, sin mercados válidos fuera de su limitado ámbito, disponían de un nivel de vida muy bajo demasiado propicio a la aparición de un sentimiento protestatario con caracteres fácilmente identificables con los del proletariado agrícola en general.

La desesperación de ese mismo proletariado, unida al instintivo recelo que siempre se ha dado en la clase trabajadora campesina ante cualquier cambio —generalmente a peor— propiciado en el primer tercio del siglo XIX por las medidas desamortizadoras que convertían al secular usufructuario del campo, sometido hasta entonces a un amo distante y poco exigente como era la Iglesia, en simple bracero o jornalero explotado por los nuevos amos caciquiles, fomentó aún más si cabe el espíritu insurreccional agrario y el de los pequeños núcleos de población contra las nuevas clases dominantes identificadas elemental y globalmente.

Todo lo anteriormente dicho hace del carlismo junto al anarquismo una de las más importantes muestras del sentimiento protestatario del pueblo aragonés.


El Partido Carlista y la foralidad aragonesa (1868-1876)

Artículo de Javier Cubero publicado en el digital El Obrero el 29/01/2020.

La caída de la monarquía isabelina en septiembre de 1868 implicó una primera pero breve experiencia democrática para la sociedad española, el Sexenio Revolucionario (1868-1874), pues el nuevo Gobierno Provisional instauró el sufragio universal para los varones mayores de 25 años al mismo tiempo que reconocía los derechos y libertades de imprenta, reunión y asociación. En este contexto, por primera vez el Partido Carlista podrá intervenir con normalidad en la vida pública. Por esta razón será reorganizado con el fin de lograr una victoria electoral dentro de la legalidad parlamentaria.

Por entonces, el nuevo jefe de la dinastía carlista, Carlos VII, firma en París la llamada Carta-Manifiesto al Infante Don Alfonso (30 de junio de 1869), en la cual no solamente promete la conservación del régimen foral vasco sino también su extensión a todo el territorio español, asegurando que «si se cumpliera mi deseo, así como el espíritu revolucionario pretende igualar las provincias vascas a las restantes de España, todas éstas asemejarían o se igualarían en su régimen interior con aquellas afortunadas y nobles provincias»1. El periódico francés Le Monde al comentar este manifiesto afirmaba que «D. Carlos lo ha dicho: la Constitución de Vizcaya, que realiza el gobierno del país por el país, debe ser la Constitución de toda España»2.

La universalización de la reivindicación foralista rápidamente fructificará en la formulación de un discurso federalista como se puede ver en el folleto La política tradicional de España (1870)3, de Bienvenido Comín y Sarté4, presidente de la Junta provincial carlista de Zaragoza. En esta obra se cuestiona a «la revolución de Septiembre» de 1868 por haber impuesto «la pesada tiranía de una odiosa centralización». Su autor reclama «la vida propia, o como ahora se dice, la autonomía del ayuntamiento y la provincia», afirmando incluso que «van en este punto los realistas más allá que ningún otro partido», en referencia indirecta al recientemente constituido Partido Republicano Democrático Federal, que lideraba Francisco Pi i Margall. Para este carlista aragonés, «la forma federativa es la que mejor responde a las tradiciones históricas y legales del pueblo español, como quiera que estas tradiciones emanan de las diferentes leyes con que se han regido las provincias españolas, y esas leyes proceden de los diversos hábitos y costumbres engendrados por los diversos orígenes de aquellas provincias, en otros tiempos, como es sabido, reinos independientes y soberanos».

El legitimismo carlista y el republicanismo piimargalliano, los dos únicos partidos de masas de la época, serán tan divergentes en los clivajes confesionalidad/ laicidad y monarquía/república como convergentes en la cuestión territorial. Por eso en función de la coyuntura mantendrán relaciones de cooperación militar o de competencia política. Sobre este asunto el corresponsal en Madrid del diario francés Temps escribiría en 1872, que: «En el fondo en España no hay sino un gran partido popular único, apasionado por la independencia provincial y municipal. En este partido, todo lo que por ignorancia ha permanecido fiel a la religión católica y al principio monárquico, mira actualmente a Don Carlos como su jefe natural; es el pueblo de las campiñas. La otra mitad, cuya fuerza aumenta cada día, quiere la república federal; es el pueblo de las ciudades. El observador superficial de la España contemporánea creerá que estas dos mitades del pueblo son irreconciliables y que representan dos tendencias absolutamente opuestas, pues la una combate por la monarquía llamada legítima y el otro por la república; pero esta concepción es falsa. La mala inteligencia que divide a los federalistas monárquicos y a los federalistas republicanos no puede ser eterna, pues los carlistas son mucho más federalistas que los republicanos»5.

La mayor radicalidad federalista que tanto Comín como el periodista del Temps atribuyen al Partido Carlista seguramente se explique en base a las particulares concepciones foralistas del carlismo vasco. El Partido Republicano Democrático Federal proponía un pacto multilateral entre todas las comunidades nacionales hispánicas para la articulación de una estructura estatal común, pero desde el carlismo vasco no se contemplaba la integración de las comunidades forales vascas en una estructura estatal española, sino una asociación bilateral estrictamente dinástica con la Corona de Castilla.

En abril de 1872, el fraude electoral realizado por el Gobierno de Práxedes Mateo Sagasta con motivo de unas elecciones a Cortes supondrá una nueva reorientación estratégica en el Partido Carlista. La lucha armada, que nunca había sido descartada del todo por algunos carlistas, se impondrá como criterio en sustitución de la vía electoral. De esta manera, se iniciaba la Tercera Guerra Carlista (1872-1876).

Es entonces cuando, conectando con lo ya expuesto en la Carta-Manifiesto de 1869, Carlos VII emite en la frontera pirenaica el denominado Manifiesto a los pueblos de la Corona de Aragón (16 de julio de 1872), en el cual no solamente plantea el restablecimiento de los Fueros abolidos por Felipe V sino también su actualización pactada: «Hace siglo y medio que mi ilustre abuelo Felipe V creyó deber borrar vuestros Fueros del libro de las franquicias de la Patria. Lo que él os quitó como Rey, yo, como Rey os lo devuelvo; que si fuisteis hostiles al fundador de mi dinastía, baluarte sois ahora de su legítimo descendiente. Yo os devuelvo vuestros Fueros, porque soy el mantenedor de todas las justicias; y para hacerlo, como los años no trascurren en vano, os llamaré, y de común acuerdo podremos adaptarlos a las exigencias de nuestros tiempos»6.

La insurrección carlista no tardaría en extenderse por Aragón. Así Manuel Marco Rodrigo7, un veterano de la Primera Guerra Carlista que había sido nombrado Comandante General de los carlistas aragoneses, se subleva en Luco el 8 de octubre, dirigiendo «una alocución a los aragoneses, llamándoles a las armas (…) a recobrar la libertad y los Fueros; denostaba el liberalismo y rechazaba el absolutismo, aclamando a Don Carlos; llamaba a los mozos de las reservas; que la Virgen del Pilar sería su Patrona y Protectora, que acudieran todos a pelear»8. Según Eustaquio de Echave-Sustaeta, «tal entusiasmo despertó la alocución de Marco, que el país envió inmediatamente a sus hijos a la guerra, pues habiendo salido el general aragonés el día 9 de Luco con trescientos hombres, llegó a Cantavieja el día 13, con una fuerza de dos mil hombres, en medio del mayor entusiasmo popular». A inicios de diciembre, en Daroca se unía a la rebelión Marcelino Ruiz de Luna, que en nombre del Ejército carlista de Aragón dirigió una comunicación oficial a todos los alcaldes del entorno, fechada a día 5, en la que explicaba que: «Los carlistas aragoneses queremos (…) el restablecimiento de nuestros Fueros. Fueros en los que se hallan consignadas las verdaderas libertades, todas las que puede apetecer el hombre honrado para la seguridad de su persona y para la buena administración de los intereses generales».

En el área territorial controlada por los guerrilleros carlistas aragoneses, estas reivindicaciones foralistas se materializaron en la restauración de la Diputación del Reino de Aragón. José Galindo Vidiella sería nombrado presidente de esta institución el 19 de enero de 1875.

Sirvan estos breves apuntes de muestrario de la complejidad histórica del Carlismo más allá de la caricatura acostumbrada de la historiografía liberal, franquista y neoliberal hecha desde el Estado, que centrada en los clivajes confesionalidad/ laicidad y monarquía/república, ignora interesadamente en todo lo que puede la conflictividad territorial y social como motor del proceso histórico.

1 Borbón y Austria-Este, Carlos de, «Carta del Sr. D. Carlos VII, a su augusto hermano Don Alfonso de Borbón y de Este», en El Pensamiento Español, Madrid, 2 de julio de 1869, p. 2.

2 Vizconde de la Esperanza, El, La Bandera carlista en 1871, Imprenta de El Pensamiento Español, Madrid, 1871, p. 293.

3 Comín y Sarté, Bienvenido, La política tradicional de España, Imp. de la viuda de Antonio Gallifa y Manuel Sola, Zaragoza, 1870, pp. 7, 47 y 49.

4 Iniciador de una saga familiar muy politizada ya que fue padre de Pascual Comín y Moya, secretario general del Partido Jaimista en 1919; abuelo de Jesús Comín Sagüés, jefe regional en Aragón de la Comunión Tradicionalista durante los años 1930; bisabuelo de Alfonso Carlos Comín Ros, fundador en el Estado español en 1973 del movimiento Cristianos por el Socialismo (CPS) y dirigente del PSUC; y tatarabuelo de Antoni Comín Oliveres, político independentista catalán y consejero del gobierno de Carles Puigdemont.

5 Cucurull i Tey, Fèlix, Panoràmica del nacionalisme català, Edicions Catalanes de París, París, 1975, pp. 286-287.

6 Oller Simón, Francisco de Paula, La España carlista. Retrato de los partidarios de Don Carlos, La Propaganda Catalana, Barcelona, 1885, pp. 274-275.

7 Más conocido como «Marco de Bello», por ser esta localidad su lugar de nacimiento.

8 Echave-Sustaeta y Pedroso, Eustaquio de, El Partido Carlista y los Fueros, Imprenta de El Pensamiento Navarro, Pamplona, 1915, pp. 303-304.


Fue fundador de la revista ‘Esfuerzo Común’ y líder del carlismo en Aragón (2012)

Artículo de Javier Ortega publicado en El Periódico de Aragón el 02/07/2012.

Abogado y editor. Falleció el día 30 de Junio en Zaragoza, a los 95 años.

Ildefonso Sánchez Romeo, que fue el fundador de la revista Esfuerzo Común y líder del Partido Carlista en Aragón, falleció el pasado sábado en Zaragoza a los 95 años. Estaba viudo y tenía tres hijos, tres hermanas, nietos y biznietos, entre otra familia.

Había nacido en la localidad turolense de Lechago en 1917, cursó la carrera de Derecho en la Universidad de Zaragoza y durante toda su vida ejerció la abogacía. En 1994 fue nombrado colegiado de honor con motivo de llevar cincuenta años inscrito en el Colegio de Abogados.

Erudito y humanista, luchó por la democracia durante los difíciles años de la dictadura y la transición desde diversos ámbitos. Primero desde el Círculo Cultural Vázquez de Mella, creado a finales de los cincuenta y del que fue su presidente en Zaragoza. Lugar de reunión, estudio, concienciación y compromiso, el Círculo aglutinó inquietos sectores de estudiantes y obreros que propiciaron la evolución ideológica del carlismo. De su seno surgió una editorial que publicó algunos libros de ideología carlista y un proyecto de Ley Sindical que fue secuestrada. Estuvo presente en las primeras reivindicaciones aragonesistas y tenía gran presencia en los medios.

El Círculo servía de cobertura legal al Partido Carlista, del que Sánchez Romeo fue su jefe regional en Aragón de 1963 a 1977. Como tal participó en organizaciones que propiciaron la transición, como la Comisión Aragonesa pro Alternativa Democrática (CAPAD), y, por ejemplo, intervino con un discurso en los actos conmemorativos del Estatuto de Caspe 1976.

El 10 de marzo de 1960 en la calle Fueros de Aragón fundó la revista Esfuerzo Común, de la que, además de editor y propietario, fue su primer director así como articulista. Abordó temas económico-sociales hasta la promulgación de la Ley de Prensa de 1966, en que se convirtió en una publicación de información general tras vencer graves obstáculos, viéndose obligada a guardar silencio durante seis meses. Esfuerzo Común fue un testimonio de lucha por una información libre y critica, lo que le valió multas, expedientes y secuestros, hasta el punto de que fue conocida como Secuestro Común.

La revista, que surgió como órgano de expresión del carlismo, se hizo más aragonesista con la llegada en 1976 a la dirección del periodista turolense Vicente Calvo, entonces jefe de comarcas de El Noticiero. Permaneció en el cargo hasta la desaparición de la publicación a finales de los años ochenta. En el mencionado año, la revista pasó a editarse en Gráficas Alcor.

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Al hacer clic en el botón Aceptar, aceptas el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos.    Más información
Privacidad